viernes, 26 de febrero de 2010

Testimonio de Juan Martin

En un testimonio que dejó totalmente satisfechos a los querellantes y familiares de las víctimas, Juan Martín Martín –uno de los testigos principales de la causa-, declaró durante casi cinco horas. En su relató, detalló el funcionamiento de la Jefatura de Policía como un “campo de concentración”, recordó las torturas que se les aplicaban a los detenidos, brindó una descripción pormenorizada de las diferentes salas de la Jefatura, reveló cómo eran las responsabilidades dentro de ese lugar e informó sobre cada una de las personas que vio pasar por ese lugar y explicó el rol del Servicio de Información Confidencial (SIC) dentro de ese Centro. Además, planteó la existencia de un “circuito represivo”, aseguró que existió la “comunidad informativa” presidida por Alberto Luis Cattáneo y reconoció a Roberto Albornoz y Luis De Cándido como dos de las personas que lo secuestraron y torturaron. También contó que vio una vez el represor Antonio Bussi torturando personalmente a un prisionero. “Había ordenado ponerlo sobre una chapa metálica para que sintiera más el dolor de la picana”, especificó.
 
Juan Martín Martín era, en los ´70, militante de la Juventud Universitaria Peronista, el espacio estudiantil de la organización político – militar Montoneros. En agosto del 1976 fue secuestrado mientras se encontraba almorzando con un compañero al que le decían el “Viru” –un cordobés de apellido Araujo- y llevado al Centro Clandestino de Detención (CCD) que funcionaba en la Jefatura de Policía. Allí fue interrogado y torturado. Después, lo llevaron a otro CCD que funcionaba en el ex ingenio Nueva Baviera, en Famaillá. A mediados o fines de enero del ´77 fue trasladado a la Comisaría de Monteros. Luego de un tiempo, lo enviaron al Centro Clandestino que funcionaba en el Arsenal “Miguel de Azcuénaga”, donde estuvo hasta mayo del mismo año, cuando lo devolvieron a la Jefatura; permaneció allí “hasta el mes de septiembre del ´78, cuando salgo del país”.
Su primer destino fue la Isla de Guadalupe, donde viajó con la excusa de tener un contrato laboral con un ingenio. Un mes después, parte a Madrid. Allí residiría por muchos años más. En los años ‘80 declaró en España -ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU)- todo lo que vio, vivió y sufrió durante su estadía en los distintos campos de concentración. En el ´85 se puso a disposición de la Justicia argentina para declarar todo lo que sabía; su testimonio se transformó en pilar de las denuncias recopiladas en el “Informe de la Comisión Bicameral Investigadora de las Violaciones de los Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán”, más conocido como el Informe de la Bicameral.
Ayer declaró como testigo en el juicio por el CCD, Jefatura de Policía. Su testimonio, considerado histórico por los querellantes y familiares de las víctimas, fue impecable, sin contradicciones, demostrando cómo la memoria atesora en sus rincones aquellos recuerdos que necesitan ser transmitidos. “Necesitaba contar lo que sé. Para que quede testimonio en este país lo que sucedió a cientos de muertos no encontrados, entre ellos mi hermano, allegados a mi familia y muchos compañeros”, reflexionó.

“Olor a mugre, a miedo”

Dentro de la Jefatura de Policía existían dos zonas. “Una era la zona de tortura. Ahí se estaba muy mal. El olor a mugre, a miedo, la gente gritando; en general te daban poco de comer. Luego había otro lugar que era la zona de los calabozos, donde había calabozos individuales y uno común, con un solo baño para toda la zona. En el calabozo común eran todos hombres; en los individuales estaban las mujeres; si sobraban lugares, también ponían hombres. Se comía dos veces al día, generalmente caldo con huesos. La higiene era nula. Se pasaban diez, quince días sin bañarse”, relató el testigo.
Las torturas eran cotidianas y a todos los que estaban en ese “campo de concentración”, tal cuál lo describió Juan Martín. “La picana era para todo el mundo; la hacían con teléfonos de campaña del ejército. Sobre un somier metálico, atado, a uno le daban con uno o dos teléfonos, depende de la ocurrencia. Con electrodos en la cabeza y en los testículos. Había un tacho grande que se llenaba de agua y a uno le metían la cabeza en el agua; el submarino mojado. El submarino seco era la bolsa de plástico en la cabeza”, explicitó.

“Como el ogro”

“Al General Bussi lo vi en Jefatura de Policía. Era como el ogro; en realidad no tenía demasiado contacto con los prisioneros, pero cuando lo tenía era porque los golpeaba o porque los torturaba él personalmente”, explicó.
Juan Martín sospecha que el represor tenía la decisión final sobre los secuestrados. Pero además, recordó una escena donde Bussi torturó personalmente a un detenido. “En el a Nueva Baviera, lo vi puntualmente meterse en donde lo tenían a un muchacho que habían traído de Buenos Aires, el “bombo” Ávalos. Parece que era un muchacho importante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). Vino  personalmente y lo torturaron; contaba la gente del grupo operativo, que además de torturarlo con picana, había ordenado ponerlo sobre una chapa metálica para que sintiera más el dolor de la picana”, contó
No es el único represor del que guarda recuerdos. “Lo conocí perfectamente a Luís De Cándido. Es uno de los que me secuestraron. Estaba en el grupo operativo cuando me secuestran. El trabajaba en el SIC, con Albornoz. De Candido y (Heriberto Roberto) Albornoz me interrogaron y torturaron”, expresó, en uno de los momentos más tensos de la jornada.
Pero además, reconoció a otros de sus secuestradores. “Me acuerdo del teniente primero González Naya, de Moreno, de Bulacio, del hermano de Albornoz, Hugo Albornoz”. Agregó que en ese CCD vio personal militar que “desconozco y que conozco. El jefe de policía, en los años ’76 y ‘77 era un teniente coronel Mario Zimmerman. De él recuerdo una anécdota. Enrique campos, un muchacho que estaba en la zona Este de la Banda del Río Salí, fue llevado a Jefatura; tenía un balazo en la espalda. Lo trajeron y se lo llevaron al hospital Militar. Como una semana después, volvieron a traer a la jefatura y lo tiraron en la zona donde todavía estaba la parte de tortura, sobre un colchón. La orden, casi un 100% diría que de Zimmerman, era dejarlo morir porque no había cantado nada; finalmente, dos o tres días después, murió”.
 
Circuito represivo

Una de las cuestiones que se van develando en estas jornadas del juicio, es que la Jefatura de Policía funcionaba como un lugar de paso. Allí se los “interrogaba” a los secuestrados a través de torturas y luego de unos días se los trasladaba a otro lugar.
“Creo que efectivamente había una coordinación para decidir llevarnos de un lado a otro e interrogarnos en uno u otro campo de concentración. Entiendo que probablemente fueran fuerzas distintas o grupos de inteligencia distintos”, opinó.
En este sentido, manifestó que vio “traslados de gente; eran de noche, en un camión que decía en un costado ‘Transporte Higiénico de Carne’, y que normalmente estaba estacionado en la playa de Jefatura sobre calle Junín. En ese camión se subía la gente atados y con los ojos vendados y se la trasladaba. Se decía que al pozo, pero no se adonde”

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