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lunes, 12 de marzo de 2012

¿Y dónde está el diablo?

Por Guillermo Levy *

Videla habla: lejos del demonio, fundamentalista, lleno de odio e irracionalidad, como se lo debe representar la enorme cantidad de jóvenes que aprendieron a poner en ese nombre y en esa cara el mal, el terror, la muerte y la opresión, se nos aparece como un hombre calmado que nos habla de la historia y sus personajes sin pasiones ni arrebatos.

Muchos deben de haber sentido un impacto al leerlo. Impacto que quizá no hayan podido entender o explicitar. Leyeron a un hombre gris, como siempre fue, que habla con tranquilidad y produciendo un relato histórico que muchos en la Argentina comparten.

Habla de un Perón que no puede controlar a la juventud, de un gobierno de Isabel ineficiente, corrupto, incapaz de gestionar el país, pero que al mismo tiempo les había dado carta blanca para reprimir la “subversión”.

Sugiere, quizás –en la única parte algo reveladora de su primera entrevista– lo que muchos ya sabemos y sostenemos desde hace rato. Que el Proceso de Reorganización Nacional no vino solo a combatir la guerrilla sino, como su nombre lo explicita, a reorganizar el país. Lo que significa “reorganizar” ya lo intuía Rodolfo Walsh en su extraordinaria carta y fue sistematizado durante todos estos años por muchos de los que creemos que lo que ocurrió en la Argentina fue un genocidio.

El moderado Videla, con su versión de la Historia reciente, remite a las palabras que le dedicó Ernesto Sabato tras la reunión que algunos escritores tuvieron con el presidente de entonces “preocupado por la cultura”, como fueron las expresiones del escritor a la salida de ese encuentro en 1977.

Esa moderación, que aparece cuando habla de política democrática, cuando le pide a la oposición unidad, o comenta el rol clave de los medios de comunicación, pero que muestra cierta radicalización cuando dice que éste es un gobierno socialista, no es una actuación para lograr mostrarse frente a lectores desprevenidos como lo que no es.

Las demonizaciones nunca son buenas y la imagen que se ha construido sobre muchos de estos personajes no ayuda a entender lo que ellos han representado ni a los que ellos han servido.

Videla no es un simulador, porque tampoco es un nazi, ni un racista, ni un salvaje sediento de sangre.

El problema es nuestro: para calificarlo de criminal, para mostrar su deshumanización, necesitamos esas figuras sacadas de lo más repudiado de la historia. Ahí está el problema.

Videla es un conservador-liberal en tiempos de la Guerra Fría.

Videla, con su mediocridad a cuestas, no fue más que un exponente de una fuerza social que tomó el poder en la Argentina con un importante consenso social. Empresarios, Iglesia y dirigentes políticos de primera línea, como afirma en su primera entrevista.

Martínez de Hoz, su ministro de economía, fue un modernizador, lo que implica adaptar lo viejo a las condiciones de una época nueva. La Argentina vieja era, para muchos, la Argentina de la industria “artificial e ineficiente”, la Argentina populista con un estado grande y controlador y una clase obrera organizada que había conseguido porciones de poder y riqueza inaceptables para muchos sectores de la sociedad.

El fin de esa Argentina industrial e integradora nacida con el peronismo era el objetivo central y a ese objetivo más abierta o más solapadamente adhería una parte importante del país, por conveniencia, por antiperonismo, por anticomunismo, por antitercermundismo, por haber creído en el relato de que la industria y el Estado interventor eran el centro de los males de la Argentina, o simplemente por estupidez.

La tarea de la deshumanización era remodelar esa Argentina, era tarea para liberales y conservadores, que no podían ganar elecciones. Una Argentina integrada al mercado mundial solo como productora de materias primas y una clase obrera y media disciplinadas, desarticuladas y menos politizadas no eran una tarea para nazis llenos de odio.

Videla, en la entrevista, nos dice mucho más con su forma que con su contenido. Su forma saca a la luz que su demonización tiene un punto oscuro. Ocultar que lo criminal en la Argentina fue justamente eso, algo que tenemos mucho más cerca y que está mucho más extendido. Algo que abarca mucho más que algunos militares anticomunistas adoctrinados en escuelas francesas y norteamericanas.

La criminalidad de una planificación del exterminio de miles de argentinos no fue la criminalidad solo de sus ejecutores, que no estaban locos ni manejados por un odio irrefrenable, por lo menos la mayoría de ellos. Es la criminalidad de nuestras clases dominantes, de nuestra cúpula eclesiástica, y de una gran cantidad de argentinos que asintieron, acompañaron, usufructuaron y lograron, vía demonización de sus ejecutores directos o vía la igualación de los represores con las víctimas, la amnistía más extendida que existió: una amnistía no jurídica sino histórica para los que sí supieron y avalaron.

Videla nos golpea con eso: el monstruo puede ser un columnista de un diario importante que con otro nombre y sacando algunos comentarios pasaría inadvertido.

El Adolf Eichmann, organizador del exterminio de millones de judíos, que describió Hannah Arendt en Jerusalén era un hombre sencillo, gris, buen padre de familia y no el salvaje que muchos esperaban. Sí, efectivamente era un criminal, pero lo terrible es que era un criminal demasiado parecido a nosotros. No busquemos simulación en las formas civilizadas de Videla, la monstruosidad puede estar latente en esa normalidad civilizada. El entrevistador lo ayuda a lucirse. Se nota su empatía con el entrevistado, caso contrario podría sacarlo del discurso general e indagar más a fondo con los desaparecidos, cuando improvisa cínicamente unas frases parecidas a las que se ven en tantos videos cuando era presidente, hurgar en el tema de los chicos robados, en la deuda externa, con datos de la colaboración empresaria y clerical, pero no. El periodista le deja pasar complacientemente los lugares donde el discurso del historiador deja entrever al criminal, pero no un criminal excepcional sino uno mucho peor: un criminal normal.

El criminal condujo o representó a una cantidad de criminales que habrán creído distintas cosas acerca de su accionar, pero solo a una contribuyeron: hacer que la Argentina deje de ser un país “excepcional” y pase a ser una país subdesarrollado “normal”: sin fuerzas políticas y sociales transformadoras, sin clase obrera con peso, sin distribución progresiva del ingreso, sin industria poderosa, con política internacional amoldada a los Estados Unidos y sin un Estado que pueda ponerles limites a los sectores de poder.

Ese fue el programa del Proceso. No fue un programa nazi, no fue un programa de psicópatas lunáticos, fue un programa racional que unió a nuestra clase empresaria, al sector financiero, a la Iglesia católica, a los organismos financieros internacionales, a Estados Unidos, a gran parte de nuestra dirigencia política, a muchos comunicadores sociales y una cantidad no menor de argentinos que vieron en Videla y cía. no solo el fin de la “violencia” sino el fin de esa Argentina ingobernable para nuestras clases dominantes.

* Docente de la carrera de Sociología (UBA), investigador de la Untref.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Finalizaron inspecciones oculares ordenadas en el juicio oral a Videla


Los reconocimientos se realizaron en una depedencia del Servicio Penitenciario y en el ex Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba. Es en el marco del juicio contra el ex presidente de facto y otros 30 acusados por delitos de lesa humanidad
 
El Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 1 de Córdoba encabezó este miércoles dos inspecciones oculares realizadas en la ex Unidad Penitenciaria Nº1 (actual Penal de San Martín) de esa ciudad, y en el ex Departamento de Informaciones de la Polciía de aquella provincia.

Fue en el marco del juicio oral contra el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla y otros 30 acusados, por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el último gobierno militar.

Se trata de dos reconocimientos en aquellas dependencias, en las que habrían sido torturadas algunas de las víctimas durante el último gobierno militar.

En el juicio están unificadas dos causas. En una de ellas se investigan crímenes cometidos en la Unidad Penitenciaria Nº 1 de Córdoba. En la otra, conocida como “Gontero”, se investigan los secuestros e imposición de tormentos en perjuicio de seis víctimas, que fueron detenidas y trasladados a la sede del Departamento de Informaciones Policiales (D2), luego a las instalaciones que el Tercer Cuerpo de Ejército disponía en el campo de la "La Rivera" y finalmente a la Unidad Penitenciaria N° 1.

Informe: Natalia Brusa

jueves, 26 de agosto de 2010

Una testigo dio detalles sobre su detención

Este miércoles, por la tarde, declaró como testigo Graciela Galárraga, en el juicio oral en Córdoba contra el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla y otros 30 acusados por crímenes de lesa humanidad, cometidos durante el último gobierno militar.
Galárraga fue detenida en abril de 1975. A continuación, parte de su declaración:

“Allanaron mi casa, me vendaron, estuvieron un buen rato y me cargaron a un auto. No sé a dónde me llevaron. Pasaron por el Departamento de Policía de Laboulaye.”
“El que estaba al mando de la patota era Miguel Angel Gómez, alias ‘El Gato’.”
“Me sacaron de la casa a las patadas, me vendaron, me ataron. No sabía, pero escuché ahí mismo que eran el ‘Comando Libertadores de América’. A la madrugada me sacaron de la Policía y me trasladaron. Me hicieron un simulacro de fusilamiento.”
“Después llegamos al Departamento de Informaciones de Río Cuarto. Me tiraron en una celda, estaba toda mojada, me golpearon con cachiporras, me desnudaron. La persona más violenta era Gómez. Daba órdenes a otros de que me golpearan y también lo hacía él. Me traían para firmar declaraciones. En esa situación me llevaron ante el Juzgado Federal de Río Cuarto. Me preguntaron sobre mi militancia. Querían que reconociera que estaba relacionada con el copamiento de la fábrica militar de Villa María.”
“Antes de llevarme al juzgado me pusieron sobre una mesa, sin la venda, y me sacaron fotos rodeada de elementos como folletos, documentación armas, etcétera. No era nada que hubieran encontrado en mi casa.
La causa que me hacen es por tenencia de material subversivo. Declaré ante el juez federal con la gente que tenía alrededor mío en la celda. No recuerdo el nombre del juez.”
“Después me trasladaron al Buen Pastor de Río Cuarto, y de allí me trasladaron al Buen Pastor de Córdoba, unos días antes de la fuga del Buen Pastor. Después de la fuga se produjo el traslado a la UP1.”
“Cuando llegamos al penal teníamos visitas, podíamos ingresar alimentos, había buena relación con el personal del penal. Las compañeras podían tener a su hijos con ellas. Todo esto hasta el golpe militar del 24 de marzo. Ahí cambió la situación para nosotras en el penal. Nos enteramos por radio del golpe.”
“No inmediatamente, pero ingresó personal militar. En la requisa del servicio penitenciario nos sacaron algunas cosas. Los televisores, las radios, algunos libros. Pocos días después empezaron a advertirnos que había que retirar a los niños. Una mañana muy violenta pidieron las llaves de la celda, entraron muchos militares, nos sacaron al patio corriendo, con las manos hacia atrás y la cabeza agachada. Los niños lloraban y se quedaron con las celadoras.”
“Nos hicieron desnudar y ponernos contra la pared. Con las cachiporras y palos nos golpearon, nos hicieron simulacros de fusilamientos. Ahí, en el patio, nos desnudaron con las piernas abiertas, contra la pared, nos manosearon, nos hicieron tacto. Aún algunos niños estaban en el Penal, porque había compañeras cuyos familiares estaban lejos y no los habían podido retirar todavía.”
“Cuando volvimos a las celdas se habían llevado todo. Nos habían dejado lo mínimo e indispensable y lo puesto. No teníamos jabón, no teníamos algodón. No teníamos nada. Éramos mujeres.”
“Después de la requisa, una noche nos sacaron para bailarnos, cuerpo a tierra. La celadora nos dijo que eran los altos mandos. Nos hicieron salir de la celda y nos anunciaron que esto dejaba de ser un ‘liceo de señoritas’ para ser ‘un campo de prisioneros’.”

“Empezaron a entrar sistemáticamente, cada quince o veinte minutos, los piquetes militares, a bailarnos.”
“Había una cuota muy grande de violencia, había golpizas, nos dejaban con las rodillas lastimadas, nos faltaba el aire.”

Mones Ruiz y los cabos Pérez
“Una de esas guardias estaba al mando de un teniente al que nosotros el decíamos ‘El Avispón’. Un ser temido, llegaba siempre acompañado por más gente que atropellaba y golpeaba. Ese ‘Avispón’ era el teniente Mones Ruiz.”
“Una mañana, muy temprano, nos sacaron, nos llevaron al baño a algunas. Estaba el cabo Pérez, le gustaba golpear, manosear a las compañeras, y con otro grupo de gente nos comenzaron a cortar el pelo. A mi me llevaron a las duchas y me pelaron íntegra.”
“Ese día me dijeron que me iban a llevar a las celdas de castigo por haberles contestado. Esa guardia estaba a cargo de Mones Ruiz.”
“En la UP1 había dos cabos Pérez. Uno era de la guardia de Mones Ruiz, era mediano, no demasiado alto, más retacón. Era grotesco, una mezcla de torturado, de bruto y le gustaba manosear a las compañeras. Una noche, este cabo ingresó con otra gente a altas horas de la noche, me golpearon, me tiraron agua. Yo estaba desnuda. Hizo entrar a toda la tropa que estaba con él y me produjo vejaciones, me metieron un portacuchillo de monte en la vagina.”
“Había otro cabo Pérez, más alto, de contextura no grande pero más alto, con otro porte, bien militar, impostaba la voz. Tenía una tonada como puntana, era cruel, era golpeador, era una persona que siempre tenía un discurso para dar. Nos gritaba ‘reclutas’, que nos iba a pisar ‘como bichos’, que nos iba a pisar las cabezas. Que nos íbamos a morir en el fondo de los pantanos.”
“No tenía sobrenombre, era el cabo Pérez. Después escuché que lo habían apodado ‘Jaime Klooner’.”
“El 19 de agosto, cerca de las diez de la mañana, vino a retirar a tres compañeras, a Viviana Avendaño, a Liliana Felisa Páez y a mi. Nos retiraron de la celda, nos ató las manos atrás, con un cable, y nos llevaron corriendo hasta la Dirección del penal. Ahí, el secretario de un juzgado le dijo que estaba absuelta en la causa federal pero que quedaba a disposición del Poder Ejecutivo y del Área 311.”
“Le pedí al secretario si podía contarle las cosas que estaban pasando en la cárcel, pero el secretario no me dejó. No recuerdo quien era el secretario.”
“Este ‘Jaime Kloner’ solía estar en la guardia de Alsina. Este cabo Pérez tenia libertad de ingresar al pabellón muchas veces. Era un torturador que tenía permiso para entrar. Entraba y repartía golpes.”

El capellán del Ejército
“Se presentó el capellán del Tercer Cuerpo de Ejército. Quisimos hablar con él sobre lo que estaba pasando. Habían raleado la comida. Era caldo con cuatro lentejas y un hueso, y te lo escupían adentro.”
“Le planteamos la inseguridad que teníamos. Ya habían sacado por primera vez a Diana Fidelman. Él respondió algo así como ‘algo habrán hecho, tienen que resignarse’.”
“Hay una anécdota. Había una compañera catequista, con una militancia cristiana. Le dijo ‘no se preocupe que si nos cortan el pelo el pelo crece; si nos rompen los huesos, los huesos se arreglan y si nos matan, creemos en la resurrección de los muertos.”
“Tratábamos de no sembrar el pánico, porque podía crearse un efecto dominó. Estábamos bajo el poder de ellos.”
“Fue a guardia de Mones Ruiz, a mi me llevaron al calabozo. Se escuchaba desde el segundo piso. La celda de castigo daba al patio del hospital. Yo estaba en esa celda de castigo. Se escuchaban canciones hasta que de pronto hubo un silencio total y se escuchó que llamaban a Fidelman. Ella hablaba en voz alta y algunas compañeras le dijeron ‘chau Diana’. Al rato sube Mones Ruiz, con gente detrás, y le pregunté qué pasa con Fidelman. Me acuerdo que me contestó: ‘¿Es muy amiga tuya? Porque no la vas a ver más, cuidate porque lo mismo te va a pasar a vos’.”

Vejaciones en el penal
“Después entró el cabo Pérez con los demás. Yo estaba desnuda. Entraron y me golpearon. Me mojaron, perdí el conocimiento. Amanezco tirada, toda mojada en el piso. Vino la celadora, y le dije que estoy muy dolorida. Pedí un medico. Vino otro militar, un señor mayor, petiso, que abrió la puerta la celda. Lo primero que hice fue lo que nos pedían que hiciéramos: manos atrás, dar la espalda. Me dijo que lo mire de frente. Había olor feo en la celda porque yo tenía una infección, porque me habían metido un portacuchillo en la vagina. Tuvimos una conversación en ese momento y él me dijo que eso no podía ser, que no podían ser militares.”
“Le dije que si y que nunca me hubiera imaginado que pudieran cometer actos tan atroces. Llamó a un médico y el médico le dio un listado de cosas para comprar, para empezar a curarme. Que cuando empezara a medicarme y estuviera más higienizada me iban a trasladar a mi celda.”
“Esa misma noche, con ese silencio, se oyó un sonido cercano de ráfaga de tiros. A la mañana me enteré que habían matado a Fidelman, cerca del penal.”
“Después la sacaron a Tati Barberis y Mirta Abdón. Pasó más desapercibido lo de Tati, por la resistencia de Mirta Abdón. La llevaron a la rastra porque no quería salir. No volvieron nunca más.”

El estaqueamiento de Charo Muñoz y de Moukarzel, un solo recuerdo
“Entró el teniente Alsina, corriendo. Pidió a la celadora la llave de la puerta. Pidió por mi diciendo: ‘Hoy voy a estaquear a alguien. Galárraga, hoy la voy a estaquear a usted’. Le pregunté por qué y el me dijo ‘porque a mi se me antoja’.”
“Subí a las celdas de castigo. Estaba Zulema Alvarez como celadora y le pregunté qué hago. Me dejó ahí, con la puerta semiabierta. Me dijo: ‘No te hagas problema, porque creo que las quiere asustar nomás, porque la subió a ver a Rosario Muñoz’.”
“Escuchamos los golpes en el patio, estaban clavando estacas. La celadora se puso más nerviosa. Vino el teniente Alsina, me dijo que salga y detrás de mí vino bajando María del Rosario Miguel Muñoz. Bajamos las escaleras para ir al patio, las estacas ya estaban. Había otro grupo que nos llevó corriendo. Pusieron en las estacas a ‘Charo’ Muñoz y a mi me comenzaron a hostigar para que le tire agua. Fue un momento muy duro. Tratamos de gritar para que nos maten a las dos en ese momento. Gritaba y gritaba para que me escucharan los presos comunes. Alsina estaba ensañado con que yo le tirara agua. Tiré el balde y me hicieron traer un balde con cal, para que pintara el murallón de bloques de cemento.
“Alsina venía, tiraba agua y se iba. Había dejado a alguien ahí en ese momento, creo que lo llamaba ‘dragoneante’.”
“Durante muchos años concentré este episodio relacionado con otra estaqueada que ocurrió después, la estaqueada de Moukarzel. Durante muchos años mi memoria concentró la estaqueada de ‘Charo’ Muñoz y la de Moukarzel. Me ha costado mucho separar estos hechos en tiempos distintos. Me cuesta mucho hablar de esto.”

“Alsina otra vez me sacó a ver a Moukarzel. Lo sostenían dos penitenciarios.”
“Me golpeaba la cabeza contra la pared para borrar la imagen de lo que había visto. Es la primera vez que me pasó en mi vida, de poder entender ese paso que hay entre la locura y volver a la realidad. Y que a esas personas no las estaba viendo y que no las escuchaba quejarse más.”
“Los quejidos de Moukarzel se escucharon toda la tarde. A la noche no se escucharon más y creo que se lo llevaron.”

Informe: Natalia Brusa