lunes, 5 de julio de 2010

El juicio de la UP1

Juicio a Videla: Fusilado por no poder levantarse

Un lunes 5 de julio fue asesinado “Paco” Bauducco en un patio de la UP1. Detalles del crimen de la dictadura que tuvo mayor cantidad de testigos.
Por Adolfo Ruiz

El 5 de julio de 1976, un día como hoy pero 34 años atrás, amaneció frío como toda esa semana. Era lunes y los muchachos de la guardia militar habían venido con ganas de ver acción.

Esa mañana, como tantas otras, patearon las puertas de los pabellones 8, 9 y 10, y obligaron a salir corriendo a todos los presos políticos de los corredores de la planta alta.

En virtud de un bando militar, la cárcel de San Martín se había convertido en un centro clandestino de detención. Estaban a disposición de la Justicia, pero también del Poder Ejecutivo Nacional, que era el que daba las órdenes, fijaba las normas, imprimía a fuego los regímenes de conducta, y decidía quien debía morir. Y cuándo.

Esa mañana, como tantas otras, el baile fue tremendo. Pronto los presos políticos estaban parados, en fila, con ambas manos contra uno de los muros que se levantaban del patio de tierra, esperando de piernas abiertas a que la requisa los humillara una vez más.

Uno a uno se los hacía desvestir. Eran revisados, golpeados, hostigados. Podían pasarse más de dos horas en esa posición, atinando sólo a endurecer los músculos cuando sabían que venía un bastonazo o la pateadura de un pesado borceguí.

Y esa mañana, como tantas otras, alguno de los prisioneros cayó al suelo en uno de estos golpes cobardes, sin atinar a nada.

Contra el piso. Raúl Augusto Bauducco era el que estaba en el piso. Era muy querido este riocuartense al que todos llamaban “Paco”. Tenía 28 años y había venido a Córdoba a estudiar Ciencias de la Información. Militaba en el PRT-ERP, y estaba detenido desde antes del golpe.

Por debajo de su brazo derecho que estaba apoyado contra el muro, su amigo y compañero de celda, Antonio Alcázar, intentaba mirar lo que sucedía a sólo un paso de distancia. Escuchaba los quejidos rastreros y los gritos de furia del cabo del ejército que parecía cruelmente ensañado esa mañana.

–¡Levantate ya mismo, hijo de puta! ¡Levantate porque te juro que te mato!–

Eran gritos de barbarie los que profería el cabo Miguel Ángel Pérez, la bruta criatura a la que se le había asignado el papel central de esa requisa. Alcázar, a su lado, espiaba como podía mientras intentaba mantener tensos cada uno de sus músculos, sabiendo que cuando se desataba la locura, cualquiera podía ser víctima.

A 10 metros de distancia, el que miraba la escena era el teniente Enrique Mones Ruiz, desde la puerta de ingreso a ese patio. Paco no estaba desmayado, pero sus piernas le temblaban y apenas conseguía reptar en el piso arenoso. Intentó levantarse, pero volvió a caer de boca al suelo.

Desde los pisos superiores del pabellón ya se escuchaban los rumores que presagiaban sangre. El griterío del patio había llamado la atención de todos, y por las hendijas de las ventanas tapiadas se acumulaban los ojos aterrorizados. Y todos vieron lo mismo.

Enfurecido, el suboficial Pérez se acercó al teniente Mones Ruiz que se hallaba al mando del operativo, le efectuó una consulta ante la cual el superior hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Era la orden.

–¡Cuento hasta 10, hijo de puta! ¡Si no te levantás, te mato!–

Años después, esta bestia que llevaba el uniforme militar, diría que quiso “hacerle una joda” a Bauducco. Todos saben que no fue así.

La cuenta llegó a 10 sin que Paco lograra levantarse. Y la amenaza se cumplió con un disparo que le ingresó por la mejilla y le dio muerte.   En pocos minutos, una camilla de lona verde se llevó el cuerpo aún sangrante de Paco. Todos sus compañeros quedaron castigados.

El Ejército le hizo repetir a los medios periodísticos la versión de que “el interno subversivo Bauducco había tratado de abalanzarse y a la vez arrebatarle el arma al Cabo Miguel Ángel Pérez, quien repelió la agresión haciendo fuego y dando muerte al citado interno”, según la versión firmada por Mones Ruiz.

Hoy, ambos protagonistas de esa ejecución –quien la practicó y quien la autorizó– estarán sentados frente a la Justicia. Exactamente 34 años después de aquella barbarie.