martes, 31 de agosto de 2010

Piden que una junta médica evalúe el estado de salud de Luciano Benjamín Menéndez

Fue solicitado este martes 30 de agosto, por una de las querellas, para que se analicen los motivos por los cuales el ex comandante no puede ser alojado en una cárcel común. En la jornada declaró como testigo Marta del Valle Quiroga, quien fuera detenida en 1975

Este martes se reanudó el juicio oral en Córdoba contra el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla y otros 30 acusados por crímenes de lesa humanidad, cometidos en esa provincia durante el último gobierno militar.

En la audiencia, la abogada querellante María Elba Martínez, que representa entre otros a María Tressens de Verón y Raquel Altamira de Vaca Narvaja, realizó un planteo acerca del arresto domiciliario del que goza  Luciano Benjamín Menéndez, otro de los acusados.

Al respecto, solicitó se realicen estudios médicos a Menéndez y que se constituya una junta médica, para evaluar los motivos por los cuales el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército no puede permanecer alojado en un establecimiento penitenciario.

Asimismo, requirió se informen los motivos de las excarcelaciones de los imputados Poncet, Rodríguez, Pérez, D’Aloia, Fernando Rocha, Merlo, San Julián, Paredes, Antón y Pino Cano.

Testimonios
Declaración de Marta del Valle Quiroga

En la jornada, se presentó a declarar como testigo Marta del Valle Quiroga, quien aseguró vivir actualmente en Suecia y dijo reconocer a los acusados Gustavo Alsina, Enrique Mones Ruiz, Menéndez y Videla, a través de los medios, y a Carlos Ibar Pérez y a Mirta Antón.

Manifestó que Antón formó parte del grupo que la detuvo en su casa en el año 1975, y que Mones Ruiz, Alsina y Pérez ingresaban al pabellón en el cual estuvo detenida en la Unidad Penitenciaria Nº 1. A continuación, parte de su declaración:

“Fui detenida en octubre de 1975, junto a mi esposo, recientemente fallecido, en la casa de mis suegros, en barrio Nueva Italia.”

“No exhibieron orden judicial alguna. Estaban mi suegra, una abuelita de 70 años y mi hija, de 5 meses. Eran muchos hombres que no puedo recordar y una mujer, que es esta señora Antón. Era la madrugada. Entraron, revolvieron, buscaron, le levantaron las frazaditas de mi hija, pensando que debajo podría haber escondido algo. Se llevaron el saco del colegio Robles de mi marido, diciendo que eso era un saco de Policía.”

“Hicieron un acta de secuestro de material subversivo y las obligaron a las mujeres mayores a firmarla. Se llevaron libros de psicología y unas marmitas.”

“Nos pusieron a mi esposo y a mí en autos distintos, y nos llevaron a Informaciones.”

“Nos agarraron a puñetazos y me llevaron a una habitación. Me vendaron, me hicieron arrodillarme en el piso  y me metieron la cabeza en un balde con agua. Me pisaron los pies para que no resistiera. Me rompieron los tendones y un empeine. Me preguntaban a veces, a veces no. Sentía que me asfixiaba, me decían que me iban a traer los dedos de mi hija en una caja.”

“Yo tenía una cuñada fugada del Buen Pastor  y me preguntaban por ella. Allí estuve varios días hasta que fui trasladada a la Penitenciaría.”

El recuerdo de la UP1
“Me alojaron en la Celda 4 del Pabellón 14. Se respetaban ciertos derechos: un abogado, ver a la familia. Con mi esposo habíamos decidido tenerla viviendo en el Penal con nosotros. Solo unos días  para que no se olvidara de nosotros.

“Había otros niñitos: Santiago Francisetti, Emiliano Pihen, Anahí Carreras, Ernesto Salís. Eran todos niñitos que al momento del Golpe estuvieron ahí con nosotras.”

“Teníamos una salida al cine del Penal. Teníamos una visita higiénica con nuestros esposos. Teníamos diarios, nos teníamos a nosotras, nos dábamos fuerzas, nos ayudábamos con los hijos. Había madres más jóvenes, más viejas. Había mucha solidaridad  entre nosotras.”

“Cuando ocurrió el Golpe nos dijeron que ‘se acabó la escuela de señoritas, que ahora íbamos a saber lo que era ser prisioneras’.”

“En abril entró una patota, corriendo, gritando, dando órdenes, mucha gente armada con bayonetas. Los niños estaban en distintas partes del pabellón. La desesperación se apoderó de mí, porque mi hija quedó al fondo  del pabellón, a donde iba gateando a ver a otros niños. Quise avanzar para buscarla, los niños gritaban asustados. Golpes, empujones, palos, amenazas de muerte. No sé cómo llegó mi hija a mis brazos. Se la fueron pasando. Se abrazó a mi cuello con desesperación, gritaba y lloraba. Creo que nunca lo vamos a olvidar.”

“Hicieron que las metamos en la cuna en la celda y cerráramos las puertas. Ella no entendía por qué nos las sacábamos de encima. Nos daban el discurso de que ‘se acababa la buena vida’.”

“Nos hicieron salir al patio y las celadoras se quedaron a cargo de los chicos. Les dicen a las celadoras que los hicieran callar. Nos desnudaron, nos hicieron poner contra la pared. Había dos o tres militares por cada una. Comentaban cosas y se reían. Imagino el cuadro que tenían de nuestra desnudez. Eso fue un simulacro de fusilamiento. Estuvimos allí bastante tiempo. Requisaron el pabellón. Nos hacen vestir de nuevo y entrar.
Se habían robado todas las pertenencias, la mercadería que trajeron nuestros familiares, relojes, nos dejaron dos mudas de ropa y una de cama. Nos emplazaron para sacar los niños de penal en 48 horas y que si no los iban a llevar a la Casa Cuna y no los íbamos a ver más.”

“Yo tenía con quien dejar a mi hija, pero por ejemplo Salis tenía a su familia lejos y tuvo que pedir a parientes lejanos, quizás enemistados, que le llevaran al chico. Sé que cuando salió de la cárcel le costó mucho recuperar a su hijo. Tuvo que demostrar que era buena persona y que tenía trabajo para que se lo devolvieran.”

“Entregamos a los niños a las celadoras sin la certeza de que efectivamente hubieran llegado a nuestras familias.
Quiero decir que Paula, mi hija de once meses, vio como le pegaban a su mamá, a sus tías y hasta el día de hoy,  que tiene 35 años, no lo ha podido superar.”

“Una vez con sus abuelos fue al circo y cuando vio a los payasos pegarse empezó a gritar desesperada pidiendo que la sacaran de allí.”

“Recuerdo al cabo Pérez. Nos golpeaban y buscaban que nos cayéramos o tropezáramos sobre ellos para matarnos. Nos caíamos sobre nosotras para evitar que nos maten. Tenían las luces prendidas todo el día, como un elemento más de tortura.”

“Nos llevaban al baño una o dos veces. Cuando nos levantábamos teníamos que enrollar los colchones. Las celdas eran como nichos. Daba la sensación de que si te ibas a dormir te iban a tapiar.”

“Ir al baño era una cuestión de terror. Teníamos treinta segundos para ir al baño. Teníamos que elegir entre ducharte, orinar o ir de cuerpo. No podías hacer todo y a veces el cuerpo no te respondía. A veces, en esos treinta segundos no  podías hacer nada, porque te daba miedo que te abrieran la puerta y te agarraran con los pantalones bajos y se le ocurrieran otras ideas más de las que ya tenían. Pasaban los días y te metías los dedos para poder ir de cuerpo y aprovechar los treinta segundos.”

“Como estaba con la pierna enyesada encontraron otra forma de hacerme bailar. Flexiones de ojos y de dedos con una pistola en la cabeza.”

“La bota de yeso me duró muchísimo tiempo y el tendón quedó laxo y el pie, como muerto. Hoy tengo un porcentaje alto de incapacidad en esa pierna. Mi pierna sana tiene diez centímetros de diferencia con la otra. Necesito zapatos que se abran completos para poder poner el pie. En Suecia me operaron,  pero no se pudo recuperar y no pude seguir haciendo cosas por mi pie, porque tenía que cuidar a mis hijos y trabajar.”

Pérez, Alsina y Mones Ruiz
“Se llamaban entre ellos, se paseaban con sus rostros, sus caras y sus portes. No se ocultaban. Se enojaban si los mirábamos, pero estaban a rostro descubierto.”

“Había otro más menudo, al que le habíamos puesto de apodo ‘Cucharada de moco’. Masticaba chicle y daba vuelta el arma como para hacerse ver. Quería imponer terror, pero también hacerse admirar.”

“Mones Ruiz tenía una capa, botas por encima del pantalón, muy brillantes, algo al cuello, supongo que era el típico porte del militar.”

“El cabo Pérez era muy golpeador,  con palo de goma. Era muy activo, tenía voz de mando. Tenía un acento que no era cordobés.”
“Alsina no se diferenciaba del cabo Pérez. Lo hacía desde otro punto. Se dirigía al cabo Pérez y se notaba que era el que llevaba la voz. Golpeaba, arengaba, nos decía lo que nos iba a pasar el resto de nuestras vidas. Mucho discurso. Éramos ‘la última lastra’, que nos íbamos a arrepentir de haber nacido. Nos decía que si afuera era muerto algún militar nosotros íbamos a pagar las consecuencias.”

“Un día allanaron un lugar y nos mostraba a todas un ejemplar de La Estrella Roja. Arengaba, excitado, dando un discurso largo por todo el pasillo.”

“Mones Ruiz tenía la manito larga con su palo, pero era distinta la actitud con respecto a Alsina. A Alsina le habíamos puesto ‘Remolino’, pero Mones Ruiz tenía otra actitud, no arengaba, tenía la misma mirada, golpeaba pero era otra actitud. A veces se quedaba parado mirando y dando las órdenes.”

“Pérez era corpulento, morocho, de pelo oscuro pirincho parado. Era más viejo que yo. Yo tenía 21. Él habrá tenido 30 años, un poco menos, 26 o 27.”

Los traslados
“Marta Rosetti de Arquiola mencionó que le dijeron que la iban a volver a sacar. Nos contó que había estado con un muchacho Funes. Después la volvieron a llevar y ella sabía que no era para nada bueno. La sacaron las celadoras.”

“Mirta Abdón hacía mucho ruido para que sepamos que la estaban llevando. Gritaba: ‘Celadora no me lleve. A dónde me llevan’.”

“A Barberis la sacaron del piso de arriba, a Liliana Páez la sacaron de una de las celdas de castigo, a Diana Fidelman primero la llevaron al D2 y la trajeron a los dos días muy golpeada. Después la sacaron y no volvió.
Liliana Páez le había pedido a una celadora que si encontraba unas figuritas de miga de pan que ella había hecho las guardara y se las diera alguna vez a su hijo. La celadora, muy conmovida, nos contó eso.”

Los estaqueamientos
“En la época anterior al golpe habíamos dibujado los paredones con flores, con poesías. Cuando llegaron los militares sacaron a Galárraga, Muñoz y Pizarro y los hicieron limpiar las paredes con las manos con cal.
Se ensañaron con Muñoz, la estaquearon en el patio y obligaron a su compañera a echarle agua. Ella gritaba para que todas supiéramos lo que le estaban haciendo: ‘Señor militar no me pegue; celadora, sáqueme a este militar  que me está quemando con cigarrillos’.”

“A Charo Muñoz le habían puesto un cordón en un brazo, pasaba por el cuello e iba hasta el otro brazo para que no se moviera. La escuché y por unos minutos la vi.”

“A Moukarsel también lo vi. Abrieron la ventana y nos obligaron a mirar, para que viéramos que eso nos podía pasar a nosotros si hiciéramos algo que no estaba permitido. Fue golpeado todo el día hasta avanzada la noche. Quemado con cigarrillos, empujándole piedritas debajo de la espalda.”
 
“’Mi nombre es René Moukarsel’, fue lo único que gritó durante todo el día. Le tiraban agua helada, hacía frío, y lo golpeaban.”

“Para nosotras también era una tortura estar escuchando. A veces deseas que te golpeen a vos, porque es muy duro.”

“Escuché algo que deduzco que es una reanimación. Escuché voces que discutían y que se lo llevaban de allí. Él gemía, estaba vivo cuando se lo llevaron de allí.”

“Se ensañaban con las mujeres. Decían que nosotras no éramos mujeres, que las mujeres eran sus novias o sus esposas. Se ensañaban más con las mujeres bonitas o más jóvenes. Por ejemplo, con Graciela Galárraga se ensañaron mucho. Una vez le metieron una funda de cuchillo en la vagina y eso le trajo una infección, que le hizo perder mucho peso.”

Bauducco
“Estuvo detenido con mi esposo. Con nosotras estaba su esposa, Dorita Cafieri de Bauducco. Cuando salimos, mi esposo contó los horrores que se vivieron cuando mataron a Bauducco.”

El traslado a Devoto
“Una vez vino un cura para ver si nos queríamos arrepentir de algo. Después también vinieron a sacarnos fotos. Dedujimos que eran para trasladarnos a Devoto.”
“Toalla al hombre, cepillo de dientes en el bolsillo, nos llevaron adelante de la Penitenciaría, parados, con las manos atadas hacia atrás con cables, con las palmas de las manos hacia fuera.”

“Había también hombres. Allí nos tuvieron muchísimas horas y nos volvieron a llevar al Pabellón.”

“Las celadoras nos decían que estuviéramos tranquilas, que era para mejor. Al otro día nos sacaron a las mismas y nos metieron en unos camiones, esposadas de a dos. Yo era una de las más altas del pabellón y me esposaron con la más bajita del pabellón, Viviana. Era otra cosa perversa. Estábamos vendadas, nos decían que había un escalón y había tres, entonces nos caíamos una encima de la otra.”

“Nos trasladan a Devoto y me fui a Suecia en noviembre de 1979.”

Su situación judicial
“Me hicieron una causa por asociación ilícita y me dieron una condena de tres años. Teníamos como abogado al Dr. Molina. El juez era Zamboni Ledesma.”

“El abogado nos decía que podíamos hacer una denuncia por apremios ilegales. No sentí que hicieran algo con la causa legal. Ya habían pasado tres años de la condena y seguía detenida a disposición del Poder Ejecutivo.”


Informe: Natalia Brusa